Polvos Boris

No soy yo el que se va a meter con el Poder Judicial ni tampoco en camisa de once varas, que ya hay bastante lío con el archifamoso ácido bórico de los terroristas islamistas, gracias a pedrojotas, rajoyes, zaplanas y similares… Me limito a contar una simple anécdota de juventud, ya que –como el mismímiso Marcel·lí Antúnez, el de la Fura dels Baus- yo también fui aprendiz de carnicero en mi adolescencia.

Aaaaahh! Qué gozada de tiempos aquellos, cuando ayudaba a la carnicera a echar en la capoladora el pimiento rojo que servía para dar color y sabor a los chorizos caseros o que hacía lo propio con las hierbas de Mariola para las auténticas butifarras alcoianas… O cuando junto a la hija de la carnicera, y armados cada uno con un cuchillo, nos dedicábamos a eliminar los gusanos de las patatas que luego servirían para hacer la pasta de albóndigas de bacalao que el sábado por la mañana, en la tienda, sería disputada a dentelladas por las más burguesas señoronas de la ciudad… O cuando me retaba con mi compañero (el hijo del dueño de la carnicería) a las grandísimas batalles de cansalà, en las que jugábamos a fustigarnos uno al otro las espaldas -hasta hacernos sangre- con tiras de tocino que medían casi un metro de largo… uffff… qué bien se vivía en aquella época, sin controles sanitarios ni tonterías…

Pues bien, uno de mis cometidos en la carnicería era el de ir semanalmente a la droguería de la Placeta de Sant Francesc, al lado de los locales de la Creu Roja (donde diariamente ensayaban las bandas de cornetas y tambores que acompañaban a los heraldos de la Entrà, en las fiestas de Moros i Cristians –toma conexión afgana) a comprar un par de kilos de Polvos Boris, mágico producto en polvo, de color blancuzco (y ahora que lo pienso, muy parecido a la cocaína), que podía ser adquirido tranquilamente por un menor como yo, sin enseñar el DNI ni nada (tampoco lo tenía), y que sólo costaba un par de duros el saco.

Famosos Polvos Boris, cuyo nombre era una simple degradación lingüística (típicamente alcoiana) del Ácido Bórico, y que usábamos a tutiplén para espolvorear los jamones que se estaban curando en el sótano de la carnicería, para que no fueran picados por las moscas.

Y resulta que era lo mismo que compraba mi amigo Jaume, el de la cercana pescadería, para echárselo a las gambas y que no se pudrieran demasiado pronto en el mostrador.

Mágicos Polvos Boris, que igual servían para carne que para pescado. Pero eso sí, es posible que a alguien le pillara un poco de abranor, pero lo que es seguro es que a nadie le explotó una gamba en los bigotes, cuando, pasada por la plancha y con un poco de ajo y perejil, el crujiente crustáceo se transformaba en la gran picaeta del domingo por el mediodía.

Aunque vete a saber, tal vez sólo por contar esto, ese tal Acebes me mete en su lista negra de etarras disimuladores y, a la semana que viene, aparezco en la portada de El Mundo como culpable de todos los crímenes de la Humanidad. Y no me extrañaría.

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Comentarios:

Juajuajua, que gran historia. Y que de actualidad.

Lo dijo Chema el 10.11.2006 a las 15:31

además el ácido bórico este se lo llevaban los niños a los campamentos para que no les suden los pies.
Vamos, que vas a la farmacia, lo pides, y te lo dan.

Lo dijo maiquel el 10.11.2006 a las 18:03

[...] No son las Madres de la Plaza de Mayo, ni mucho menos, pero su razón y su ímpetu no les falta. El apelativo, las Abuelas de la Kale Borroka, se lo puso mi amiga y vecina Maria Josep, también del barrio de Patraix en València. Las ve todas las mañanas cuando se va a trabajar. Se trata de un colectivo de señoras mayores, de abuelas, que todos los días, a las 8 de la mañana, haga frío o calor, llueva o truene, se plantan delante de la peligrosísima Subestació de Patraix para protestar y exigir su cierre. Unas van con sus nietos, camino de la escuela. Otras, con el carrito de la compra, hacen el camino diario hacia el mercado. Pero antes de cumplir con sus obligaciones, dedican un tiempo a mantener viva la indignación del barrio, a reivindicar con su actuación diaria lo que todos los vecinos venimos exigiendo desde hace años: que no se instale en pleno Patraix una planta energética que tantos peligros anuncia para su populosa población, que la lleven a las afueras, donde no haga daño a nadie. A las 8 de la mañana, todos los días, esperan la entrada de los directivos, los arquitectos, los ingenieros o los trabajadores de la planta, y les gritan (las que pueden) o les insultan (las que aún tienen resuello, después de tantos años de vida). Cumplida su misión, indignadas pero contentas por haber sido fieles a unos principios incombustibles, siguen su camino hacia la guardería donde aparacarán a los nietos o hacia el mercado, a comprar sus patatas o sus alcachofas, o lo que su mísera pensión les pueda permitir. Para ellas, lo peor han sido las declaraciones de la alcaldesa Rita Barberà (que si no te l’ha feta, te la farà) después de la explosión de la planta que conmocionó al barrio hace un par de días y que dejó a media València sin luz durante casi toda la mañana. Estaban cansadas, ellas y todos los vecinos, de manifestarse, de suplicar al Ayuntamiento, de ir a buenas y a malas, de rogar, de enviar suplicatorios, de presentar informes académicos sobre el peligro de la planta… sin que la Rita les haya hecho ni puto caso, más que desprecio y acusaciones de subversión y sin que les haya recibido nunca, acusándoles poco menos que de comunistas-come-niños-crudos. Y ahora Rita les sale con que la culpa es de Zapatero, en una finta político-fantástica similar a aquello de los Polvos Boris (de los que, por cierto, ya nadie habla). [...]

Lo dijo Alababarada » Patraix: las Abuelas de la Kale Borroka el 18.05.2007 a las 00:21

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