Gisbert

Inauguración del Museo del Prado

El pasado miércoles 31 de octubre, con motivo de la inauguración durante la víspera del renovado Museo del Prado de Madrid (que ha ido a cargo del arquitecto navarro José Rafael Moneo Vallés), todos los telenoticias y todas las portadas de la prensa escrita utilizaron la misma imagen: la comitiva oficial, en pose solemne, visitando la exposición El siglo XIX en el Prado. En el centro de todas la imágines usadas tanto por las televisiones como por los rotativos figuran los Reyes de España, el príncipe de Asturias, el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero y su esposa, Sonsoles Espinosa Díaz. En el interior de los diarios, cuando se ampliaba la noticia, aparecían en los márgenes de las fotografías, también, la princesa de Asturias, César Antonio Molina, ministro de Cultura y Miguel Zugaza Miranda, director del museo.
Y como fondo uniforme de todos estos posados, la monumental obra Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga (1888), del pintor alcoyano Antoni Gisbert Pérez.


Fusilamiento de Torrijos

Resulta cuanto menos curioso el uso de la obra de Gisbert para tan magno acontecimiento. Porque sí, efectivamente, se puede aducir que esta obra ha ocupado desde siempre un lugar muy destacado en el Casón del Buen Retiro y sí, efectivamente también, el propio Antoni Gisbert fue precisamente el primer director del Prado moderno, y por todo ello –y sumando su indudable valía artística- bien se merece un homenaje de estas características. Pero esto no debe impedirnos apreciar el sutil juego de intenciones que tanto la Moncloa como la Zarzuela han querido hacernos llegar.

Porque no debemos olvidar que Antoni Gisbert fue uno de los máximos exponentes intelectuales de los ideales liberales del siglo XIX, en clara confrontación ideológica y estética con otros pintores famosos de la época, como su rival conservador José Casado del Alisal o como el gran retratista Federico de Madrazo Küntz, que fue director del mismo museo, pero durante las épocas absolutistas, depuesto precisamente en 1868, después de la revolución liberal conocida como La Gloriosa, para ceder el cargo a Gisbert (hecho que a éste último le causó la enemistad de otro grande de la pintura, Marià Fortuny Marsal, yerno de Madrazo), en el momento que las Colecciones Reales pasaron a ser de propiedad pública, naciendo así el Prado tal y como lo conocemos.
Ni tampoco podemos obviar la cruda temática del cuadro tan profusamente reproducido: el momento del fusilamiento del militar liberal y ex capitán general de València durante el Trienio Liberal, José María Torrijos (1791-1831) y de sus compañeros, una fría madrugada del 1 de diciembre de 1831, traicionados cuando intentaban rebelarse contra la monarquía absoluta de Fernando VII, precisamente antecesor directo del actual rey de España, Juan Carlos I, a quien vemos posando sonriente ante las víctimas de su tatarabuelo.

Toda una lección de política sutil y mensaje subliminal, que contrasta vivamente con la algarabía mediática a que se nos tiene acostumbrados de normal y que me parece que ni Zaplana ni Acebes ni Fedeguico se han dado cuenta de cómo se la estaban metiendo doblada. Más aún si tenemos en cuenta que el presidente Zapatero, recuperando por un momento su papel de Bambi, llegó a agradecer el mérito al anterior gobierno del PP por iniciar las obras de restauración del museo.

Y si queremos profundizar un poco más en el enfoque que se le ha querido dar al acontecimiento, lo podemos comparar, por ejemplo, con otra magna exposición organizada por el mismo museo, ésta del año 1992, en pleno apogeo de los fastos socialistas (Olimpiadas de Barcelona, Expo de Sevilla), cuando Madrid fue declarada –a modo de reparación- como Capital Europea de la Cultura. En aquel momento, el alcalde de Madrid era José María Álvarez del Manzano y López del Hierro (éste del PP), el ministro de Cultura era Jordi Solé Tura y el director del Prado el valenciano Felipe Vicente Garín Llombart. La exposición a la que me refiero, La Pintura de Historia del siglo XIX en España, fue vendida como el eje sobre el que pivotaba la alta cultura de la capital del reino y, aunque la obra de Gisbert también figuraba en el catálogo, la imagen principal escogida fue más que diferente: el lienzo Doña Juana la Loca (1877) del aragonés Francisco Pradilla y Ortiz. ¿Premonición de cómo iban a acabar las cosas para los socialistas?

Doña Juana la Loca

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Comentarios:

Marededéusinyor, mira que eres sabut! T’ha quedat un article que ni Roman Gubern.

Lo dijo epo el 05.11.2007 a las 20:55

Si que es listo el tío,si… DJ PAY ministre de cultura ya!!!

DJ PAY for ministreison!!

Lo dijo Antoinette el 05.11.2007 a las 22:43

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